Jesús, antes de su Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión preparó a sus discípulos para su “aparente ausencia” o, mejor dicho, para una presencia distinta. Les dijo: “No los dejaré huérfanos” (Juan 14,18), “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 20), “Me voy pero volveré a ustedes” (Juan 14, 28).

Es que tanto nos ama el Señor que su corazón tenía que seguir latiendo entre nosotros, donándose, para que nunca más estemos solos. Y la forma creativa que Dios encontró para perpetuarse entre nosotros es la Eucaristía, el corazón de la Iglesia.

La Eucaristía, el Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor, es aquella presencia real de Jesús entre nosotros. En ella descubro que el Señor está vivo, que es el alimento que sigue entregándose y dando vida.

Cuando pienso en el gran don que es la Eucaristía, no puedo dejar de traer a mi corazón a todos aquellos que aún no han conocido al Señor, los que tienen hambre y sed de Él y que lo están buscando incluso, a veces, por aminos equivocados. Y la respuesta de Jesús ante esta búsqueda es:

“Denles ustedes de comer” (Lucas 9,13), es lo que dijo el Señor a sus discípulos. Quiere saciar a los que lo buscan. Pero lo quiere hacer con nuestra ayuda.

Jesús también tiene hambre y sed de nosotros. Si lo recibimos en la Eucaristía con amor, nos hacemos uno con Él. Él transforma nuestra vida, nos asume en la Eucaristía. No solamente lo recibimos nosotros a Él, sino que Él nos recibe a nosotros. Y su amor nunca queda encerrado. El amor de Jesús nos sobrepasa, nos supera tanto, que no puede dejar de comunicarse. Él nos participa a nosotros haciendo posible la Comunión con los hermanos. Al hacernos otros “Cristos”, Él puede llegar a otros. El corazón que está en sintonía con Jesús comunica a Jesús.

Somos colaboradores del Señor, y Él nos enseña a poner todo lo que tenemos, sin mezquinar, a su servicio. Jesús se encarga de multiplicarlo. El corazón Eucarístico, que contempla y vive en Jesús comunica paz, esperanza, vive con alegría su vocación, trabaja para Él y, sobre todo, se siente tan amado, que no puede guardar para sí tanto amor. Es la tarea nuestra de cada día, vivir en la presencia permanente de Dios, Él vive en nosotros y quiere ser Vida para los demás. El transforma nuestra vida en cada Eucaristía, en cada momento de Adoración Eucarística.

Ofelia, Misionera secular de Santa Magdalena
 

 

“Como el Padre me amó, así también yo los he amado”

 

Estar frente a Jesús Eucaristía es saber que me ama tal cual soy y así me llama…
Jesús, aquí en silencio , te miro.
En silencio, te escucho.
Mi vida no tiene sentido sin Vos.
Creyendo, esperando y amando, te adoro.
Aquí frente a Vos el inmenso deseo de mirarte y que me mires en mi pequeñez y en mis pedidos.
Mi corazón te contempla y en esta oración escucho tus preguntas: “ ¿Qué necesitas hoy? Qué puedo hacer por vos?” y aquí también mi respuesta en silencio, mi entrega.
Repetidas veces te digo: hágase tu voluntad y Vos seguís ahí mi Señor a la escucha de mi corazón.
Como Santa Magdalena aquí estoy: “sola con Dios solo”, con Vos solo.
Me guía el Espíritu, me guía el Amor, me consuela María; la persona más querida por Vos en esta tierra.
Aquí estoy dispuesta a “arder para incendiar”. No puedo dejar de contemplar tu luz.
Te digo: Te seguiré Señor… te veo dando todo por mi encuentro tu Cruz, mi cruz y abrazándonos, sigo con alegría.
Aquí estoy, ya no tan sola, nos encontramos en el silencio de esta oración… y vuelvo a casa… y allí también tu Espíritu habla, repaso en el libro “Camino de Identificación con Cristo Crucificado” de la Madre Elda Pollonara:

…”con Dios Amor todo se vuelve fácil, todo se vuelve aceptable, todo se vuelve posible…”

Aquí estoy, en casa, también con Vos.
Bibiana, hija y hermana, esposa y madre, abuela, amiga, laica canossiana.

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