La fiesta de Cristo Rey es moderna. Fue el Papa Pío XI quien la instituyó en 1925. En un principio se celebraba el último domingo de octubre. Se entendía que Cristo era rey de aquellos cuyo recuerdo se celebra el día de todos los Santos, de los que ya habían entrado en su reino. Con los cambios litúrgicos del Vaticano II se la situó al final del año litúrgico queriendo indicar que el reinado de Jesús está unido al universo entero, a todos los seres humanos, a toda la creación.

El rey que nos propone Lucas en su evangelio es uno que salva hoy, no mañana ni pasado.  Al meditar este relato miremos como en medio de tantas burlas, se levanta una invocación distinta, un grito orante: ¡Jesús!

La dinámica de la burla es vencida por la esperanza de un ladrón que se atreve a mirar a Jesús; un condenado intuye que Jesús, que no ha hecho nada malo, que ha pasado por esta vida haciendo el bien, no va a ser derrotado por la muerte. En el corazón de su maldad, se le ha encendido una lámpara de salvación.

Hoy miremos a Jesús y le digamos: ‘Acuérdate de mí, Señor’.  Si Cristo es el rey del universo, antes prefiere serlo de cada uno de nosotros. Su trono celestial quiere ser nuestro corazón, si lo dejamos, si le permitimos que nos salve de nuestros egoísmos, maldades, mezquindades, hipocresías, etiquetas, cerrazones, etc.  Cuando alguien, destrozado, le ruega, le pide, le suplica, Jesús ofrece todo lo que es y todo lo que tiene. Desde su impotencia de crucificado, pero de Señor verdadero, ofrece perdón, misericordia y salvación.

Su Reino no es de este mundo pero está pensado para este mundo, es el reino que el mundo necesita.

Demos gracias a Dios Padre que nos ha hecho capaces de compartir el Reino de Jesucristo, un reino de amor y misericordia; un reino que busca justicia y paz; un reino donde el más importante es el que sirve, el que se hace pequeño y servidor de sus hermanos y hermanas; un reino donde todos tienen lugar, donde nos toca anticipar ese paraíso, que consiste en sentir a Cristo, Rey resucitado, vencedor del mal y de la muerte como compañero de nuestro caminar.