El Adviento que iniciamos es un  tiempo profundamente mariano. 

Tiempo para acompañar a la Virgen grávida durante las últimas semanas de su Buena Esperanza, cuando el peso de Jesús se hace sentir más. Ella va nutriendo en su seno  la naturaleza humana del Hijo Unigénito del Padre. Y siente el peso, un peso dulce, del Hijo de Dios humanado.

Vive a la letra lo que unos siglos más tarde dirá san Agustín: «mi amor es mi peso». Se refería el santo a que así como todas las cosas tienden a su centro de gravedad, su corazón se precipitaba al Amor inmenso de Dios, como atraído por irresistible imán. María llevaba en su seno inmaculado el verdadero Centro de todas las cosas, de todo amor. 

Adviento es tiempo para acompañar a Nuestra Madre y «ayudarla» a llevar el peso de Dios, el peso de Jesús hasta Belén. Su maternidad se extiende a tantas personas…; y muchas no la conocen,  no saben que cuentan con el auxilio de esta Madre Amorosísima y transitan caminos y decisiones que “pesan” a su Corazón y a su Hijo.

Santa Magdalena con las palabras que  escribe a su amiga Carolina nos anima a acompañar a Nuestra Bella Madre   “Aunque nos reduzcamos a polvo por Ella, no pagaríamos ni el principio de nuestras obligaciones!… no tema que yo la ame demasiado.” (S. M. de C.)

Dejemos resonar- estas semanas-  en nuestros corazones el encuentro del Ángel Gabriel con Nuestra Santísima Madre y pidámosle a Ella que nos enseñe sus actitudes para   la Espera.

Llegada la plenitud de los tiempos la Palabra de Dios irrumpe con fuerza en la tierra de María, para regarla con su gracia y revestirla de posibilidades:                                        

El Ángel del Señor le dice: Alégrate; no temas; para Dios nada hay imposible. 

Esa voz de Dios fecunda nuestra angustia, nuestros miedos, nuestros anhelos y nuestras oscuridades.
Frente a la angustia, la Voz del Señor nos dice: Alégrate…
Frente a los miedos de la vida: Estoy contigo, no temas.
Frente a los anhelos y sueños: Para Mi, nada hay imposible.

 Y, sin pedir una luz que adelante los acontecimientos, sin pedir claridad, confiando en Aquel que se fio de ella y de su pequeñez, María responde: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra. 

Madre, ayúdame a repetir: Hágase en mí según tu Palabra. Su Palabra me agita y me renueva.

Dios bendice y da fecundidad a todo lo que existe, obra el milagro de la vida.
María  es el hogar que  Dios elige para su Hijo y Jesús es tejido silenciosamente por la danza del Espíritu Santo en María y por su entrega.
La música que resuena en las entrañas de María es el “hágase que pronuncia… que se cumpla tu querer misterioso, oh Dios desconocido y fascinante”.
Y su canto de alabanza “proclama mi alma la grandeza del Señor”.
 Y el regalo de la bendición inesperada de Isabel, a la que ha ido a servir. María  se ha puesto en camino, se ha dejado llevar más allá, por el Espíritu… es una mujer al servicio de la vida, inclinada ante la necesidad de su prima y de cualquier otro. Ha salido de casa ‘con premura’, dice el texto, con amor que se lanza sin pensarlo dos veces, con  alegría.
No sólo Juan el Bautista saltará en el vientre de Isabel, también Jesús saltará con esta música de María

Madre ayúdame a ponerme en camino, a inclinarme ante los necesitados, a recibir las bendiciones inesperadas que me invitan a alabar al Dios que siempre me bendice.Ayúdame a vencer la tibieza que me lleva a pensar que amo bastante.

“No había sitio para ellos en la posada”. ¿Cómo se sentirían María y José? 

No era el mejor lugar para el nacimiento, no tenía la más mínima condición. La condición la pusieron el calor de María y de José para sostener la fragilidad de la Palabra, acurrucada en los brazos de la Madre, dispuesta a comunicarse y a sorprendernos

 Como María y con Ella tenemos la posibilidad de acoger y sostener, de descubrir en los que nos rodean el lenguaje más claro de Dios, comunicar amor y justicia, dignidad frente a lo que deshumaniza y destruye  

Madre, enséñame a dar calor, ayúdame a alumbrar…

Leemos en la Memorias de nuestra Santa  “Poco a poco decidí, también esta vez, ponerme a servir a Dios de verdad y buscarlo a Él solo; y me puse en el Corazón de María.” (S. M. de C.)

Desde el Corazón de Nuestra Madre, con la Iglesia, te decimos:
 VEN, ven a vencer nuestras rutinas que nos hacen creer que ya no podemos descubrir nada nuevo en tu presencia.
VEN, ven a vencer nuestra ignorancia que piensa que te conoce lo suficiente
VEN, para que viva diferente este adviento, atento a lo que nace y a lo que haces, con otros, los de siempre,  pero mejores . VEN…