Homilía del P. Mariano Fritz, sacerdote de la parroquia Santa Teresita de Bahía Blanca, durante la Misa de Primera Profesión religiosa de la Hermana María Luz Neglia (14 de febrero de 2026)

«Y este amor consiste en que Él nos amó primero».

(Cf. 1 Jn 4, 10)

Queridos amigos:

Es muy emocionante asistir a una celebración como esta: participar de los primeros votos de una joven que desea entregar su vida a Dios. Alguien me decía hace unos días que me estoy poniendo viejo y entonces me emociono cada vez más. Bueno, no lo descarto. Pero hay que mirar lo que está pasando acá. Porque lo que está ocurriendo es algo muy grande para la vida de la Iglesia: alguien que quisiera decirle a Dios “tu amor es todo para mí”.

Claro que, cuando miramos estas cosas que son los votos, se podría pensar que lo que pasa no es enorme sino terrible; que la vida se viene a menos: una joven profesional, con tanto futuro por delante, haciendo esto… pobre chica. Alguna persona con una voluntad un poco mejor, pero con un planteo todavía del todo inadecuado, podría decir: “Y bueno, si a ella la hace feliz, hay que respetarla”. Pero lo que está pasando es mucho más grande.

Las relaciones se expresan en cosas

Digo «la cosa» porque las relaciones se expresan con cosas. Pensemos en un esposo con su esposa. Hay cosas que comparte solo con ella. ¿Se imaginan que caiga con dos rosas, le dé una a la mujer y ella le pregunte: “¿La otra para quién es, amor?”? Y él conteste: “Para la panadera, cariño”. En el corazón del matrimonio se comparten cosas que le son propias. Fuera de ese ámbito, hacen que el mismo matrimonio se vuelva borroso. Si ocurriera que el esposo comparte lo mismo con la esposa que con la panadera, entonces, más tarde o más temprano, alguien se va a confundir. Con el tiempo, el esposo no solo pierde su matrimonio, sino que ese esposo deja de saber quién es.

Imaginemos otro caso. Supongan que yo les digo que soy amigo de algún jugador de fútbol famoso. Y algún chico que me escucha se acerca lleno de ilusión, con los ojos llorosos y la voz que se le quiebra, y me dice: “¿Es verdad? ¿Cuándo lo vas a ver?”. Y yo: “No lo voy a ver”. Y él: “Pero lo vas a llamar”. Y yo: “Tampoco”. Pero, entonces, ¿de qué estaría hecha esta amistad? Cuando pasamos en limpio, no soy amigo de ese futbolista. No compartimos ninguna cosa. Es solo una idea mía: una idea delirante.

La unión íntima con Cristo se expresa en los consejos evangélicos

La profesión religiosa es también un vínculo, como el matrimonio, como la amistad. Para que la profesión religiosa no sea una idea delirante, se tiene que expresar también en cosas. Los consejos forman parte de estas cosas de las que está hecha la vida religiosa. En un momento se lo preguntaremos a Luz: “¿Quisieras dar este paso? Pero este vínculo no es cualquier cosa. Son estas cosas: castidad, pobreza y obediencia”. La persona puede contestar: “Esto no es un delirio. Yo estoy viviendo un vínculo de amor que se llama profesión religiosa, y que se expresa en estas cosas”.

Hasta aquí sabemos que cada vínculo tiene sus propias cosas. Y que las cosas de este vínculo son los consejos evangélicos. Y que estos son la castidad, la pobreza y la obediencia.

Los consejos están puestos para vivir una vida más grande

Lo mismo que la rosa mira a la esposa y la visita mira al amigo, los votos miran a Cristo. No son una cadena que se ponga a nuestra libertad, sino que consisten en elegir a Cristo en las cosas. No es una pérdida de libertad, es el mismísimo ejercicio de la libertad. Se es libre para elegir a Cristo.

  • Castidad: Las Hijas de la Caridad no se casan. No tendrán hijos. La castidad libera el corazón para que el afecto pueda responder de modo total a Cristo, que nos ha amado primero. Como dice Juan, esto implicará amarlo en los demás y de modo gratuito, sin segundas intenciones. No se casan, pero son esposas de Cristo. No tienen hijos biológicos, pero en el amor casto a los más pequeños escucharán que muchos las llaman madres. La castidad les dará más hijos. La castidad les dará más hijas. Serán llamadas madres más veces. Por la castidad serán más fecundas.
  • Obediencia: La obediencia abre los horizontes de la inteligencia. Me permite conocer caminos que yo no he visto, pensamientos que yo todavía no he pensado. Porque, como decía Isaías, los caminos de Dios no son nuestros caminos y los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos. Pero queremos que lo sean. La obediencia me permite abrazar aquellos caminos que van más lejos de lo que yo puedo ver; me permite acoger pensamientos que no se me habían ocurrido. Si fuera por mí mismo, me perdería estos caminos. Pero gracias a la mirada de otro, los puedo empezar a recorrer. No estoy atrapado por mis límites. Se me ofrecen más caminos, se me proponen más pensamientos. Tengo más opciones. Depender de Dios nos hace más libres.
  • Pobreza: Las Hijas de la Caridad renuncian a la riqueza. Su principal bien es Cristo. Su Padre ve más adelante, es vidente de lo que está más adelante, es pro-vidente, y cuida de todas sus hijas. Es como si Jesús les dijera: “¿Cuántos bienes tienen ustedes? Vayan a ver”. Tienen pocos bienes. Pero la Caridad es rica. Para llevar a Cristo se darán de comer a sí mismas. Tendrán más para dar. Darán más de lo que nadie sospechaba porque es más de lo que nadie sospechaba aquello que poseen. Por la pobreza serán más ricas.

Los votos desafían a más

Los vínculos se expresan en cosas. El vínculo de la profesión religiosa se expresa en los consejos de castidad, obediencia y pobreza. Son votos que miran a responder a un Amor que está antes, a un amor que nos llama. Los votos no son cadenas a la libertad, sino el acto de la libertad que, cuando escucha “Yo te amo”, quiere decir libremente “Yo también”. Nadie es más libre que aquel que guarda a Cristo en primer lugar.

Una última cosa a considerar en este paso es que tiene testigos. Nosotros vemos esto. Y también otros lo verán. Los votos de las religiosas nos hacen mirar lo que ellas miran. Del mismo modo que los hijos, cuando son pequeños, dirigen la mirada hacia donde miran sus padres, así también las religiosas apuntan con su vida en dirección a Cristo. Y nos hacen ver lo que ellas miran. Así, la vida de cada consagrada se vuelve, como la de Jesús, como la de Magdalena, como la de Josefina Bakhita, un desafío para los demás.

A tantas personas se les ha garantizado la felicidad en el placer, en el poder, en el tener. Cuando estos proyectos de placer, poder o tener han fracasado… muchos se han entregado a la violencia —redoblando la apuesta por el placer, poder o tener— y otros han caído en el cinismo —en el fondo, no habría posibilidad de una felicidad grande—. Cada persona que vive los consejos evangélicos pone en cuestión el cinismo y la violencia. Ofrece una alternativa más y, en este sentido, abre un resquicio de esperanza: Quizá la felicidad que mi corazón espera realmente exista.

Si estas religiosas han prometido castidad, quizá el placer no sea la clave de la alegría. Si estas chicas aceptaron la obediencia, quizá el poder no sea lo más grande. Si estas chicas abrazaron la pobreza, quizá los bienes no sean la garantía de una vida grande.

Si el Amor, si la Caridad con mayúscula ha salido a buscarnos en el rostro de estas Hijas, entonces hay una alternativa al cinismo y a la violencia. Quien apuesta todo a Cristo no solo dice que sí a una vida grande, sino que ofrece a los demás esta esperanza: hay un Amor, más grande de lo que nadie ha soñado jamás, que nos ha amado primero.