Experiencia de Voluntariado Canossiano en México
En consonancia con las orientaciones capitulares para ampliar e impulsar el Voluntariado Canossiano, se realizó una experiencia de misión y servicio del 18 al 28 de julio pasados en Vista Cerro Grande, Chihuahua (México). Esta iniciativa, promovida por la Provincia Cristo Rey, buscó fortalecer la interculturalidad y el trabajo conjunto en favor de las comunidades más vulnerables.
La jornada contó con la participación activa de hermanas y laicos provenientes de las Provincias de Brasil y Argentina-Paraguay, quienes trabajaron en estrecha comunión con voluntarios locales, equipos de trabajo y las religiosas del lugar.
Delegaciones participantes
• Provincia de Brasil: Hna. Dilma Maria de Andrade, Pedro Pesavento, Rafaela Eduarda da Silva y Ariel Cristina Dias.
• Provincia de Argentina-Paraguay: Hna. Ylse Franco Cáceres, Rosario Sancho, Patricia Cabrera y José Pereyra.
TESTIMONIOS
UN SI, MAS ALLÁ DE LAS FRONTERAS
Soy Rosario, tengo 31 años, vivo en La Plata, Buenos Aires – Argentina, soy profesora de Teatro y trabajo en el ámbito educativo y pastoral. Durante mi adolescencia el servicio y el encuentro con los demás fueron ocupando un lugar importante en mi vida, pero este año, Dios mediante las Hermanas Canossianas me invitó a servir en otro lugar, en otro país, uno que no conocía, para compartir vida y darme al 100% una vez más. No voy a negar que dudé un poco en aceptar, salir de la rutina, y dejar compromisos ya planificados para otro momento, no fue fácil. ¿Con qué me voy a encontrar? ¿podré ser realmente útil? ¿qué podré aportar? Tantas preguntas y la respuesta eran tan sencilla como decir que SI y entregarme una vez más al Señor, para dejar que el acomode todo en su lugar.
Entonces sí, nos vamos a México, más específicamente a Chihuahua. Digo nos, porque no estuve sola. Laicos de Paraguay y Brasil también fueron llamados a esta misión junto con hermanas de sus comunidades.
De Argentina a Paraguay, de Paraguay a Lima, de Lima a México y de México a Chihuahua, horas de viaje para empezar a encontrar respuestas de una manera mucho más concreta de lo que imaginaba. La experiencia no estuvo marcada solamente por las actividades que realizábamos, sino especialmente por las personas con las que compartimos cada jornada. Poco a poco, los lugares dejaron de ser simplemente espacios nuevos para convertirse en historias, nombres y rostros.
Cada tarea, incluso aquellas que podían parecer pequeñas, tenían sentido cuando las hacíamos en equipo. Aprendí que servir no siempre significa hacer algo extraordinario. Muchas veces significa estar disponibles, escuchar, acompañar, trabajar con el otro o simplemente compartir un momento.
Durante esos días tuvimos la posibilidad de participar en distintas actividades de servicio y compartir la vida cotidiana con la comunidad de las hermanas y las personas que día a día trabajan junto a ellas.
Y fue justamente ahí donde la experiencia comenzó a transformarme.
Porque cuando uno piensa en un voluntariado, puede imaginar que va a un lugar para dar algo: tiempo, trabajo, conocimientos, ayuda. Sin embargo, con el paso de los días fui descubriendo que la relación era mucho más profunda. Mientras nosotros intentábamos aportar algo, nos dábamos cuenta de que recibíamos mucho más: alegría, historias, gestos y una manera diferente de mirar la vida.
La fe estuvo presente de una manera muy concreta, sobre todo en la manera de encontrarnos con los demás. Descubrí que la misión también puede suceder cuando uno se sienta a escuchar, cuando comparte un mate, cuando acompaña una dificultad o cuando reconoce en el otro una historia que merece ser mirada con respeto y dignidad.
En medio de jornadas intensas, reunirnos para agradecer, pedir y poner en manos de Dios lo vivido nos ayudaba a recordar el sentido de la experiencia. No se trataba solo de hacer cosas, sino de preguntarnos para quién y desde dónde las hacíamos. Entonces, ¿quién fue a ayudar a quién?
Porque quizás uno de los mayores aprendizajes de la experiencia fue descubrir que el servicio no coloca a una persona por encima de otra. No hay alguien que simplemente da y alguien que solamente recibe. Hay un vínculo. Hay un encuentro. Y en ese encuentro, todos podemos transformar y ser transformados.
México me dejó rostros, historias y preguntas. Me dejó también una mirada diferente sobre el servicio. Me recordó que muchas veces esperamos tener mucho para poder ofrecer algo, cuando en realidad podemos comenzar simplemente poniendo a disposición nuestro tiempo, nuestros talentos y nuestra presencia.
Volví con la certeza de que una experiencia así no termina necesariamente cuando uno toma el avión para volver a casa. Algo de aquello que vivimos continúa en la manera en que miramos nuestra realidad cotidiana, en las personas que recordamos y en las decisiones que tomamos.
Por eso, si alguien me preguntara hoy si vale la pena animarse a vivir una experiencia de voluntariado, sin dudas le diría que sí. Es una invitación que no hay que dejar pasar. No porque sea fácil, ni porque uno vuelva con todas las respuestas, sino justamente porque uno se anima a partir con algunas preguntas y puede regresar con otras nuevas.
Solo hay que estar disponibles, abrir los ojos, dejar que el otro nos encuentre y animarnos a caminar a su lado en el mismo camino.
“Hay más felicidad, en dar que en recibir”.
Rosario A. Sancho
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Somos Patricia y José, de Encarnación, Paraguay. Tenemos 37 años, estamos casados hace 8 años; somos odontóloga y abogado. Desde el año 2021 somos Laicos Canossianos. En nuestro camino espiritual hemos tenido la oportunidad de vivir distintas experiencias de misión. Sin embargo, esta fue nuestra primera experiencia de Voluntariado Internacional Canossiano.
Cuando recibimos la invitación para vivir este voluntariado, sentimos mucha alegría, pero también aparecieron dudas y preocupaciones propias de emprender algo nuevo. Sin embargo, decidimos vivirlo como un llamado de Dios y dijimos Si, confiando en que Él tenía el control y que nos llevaría allí donde necesitábamos estar.
El voluntariado se realizó en México, en el estado de Chihuahua, ciudad de Chihuahua. Compartimos diferentes actividades en el barrio Las Norias y en el centro educativo Edyfica (Educación y Formación Integral Canossiana), donde colaboramos con niños y adolescentes a través de talleres, juegos, consultas médicas y odontológicas, entre otras. También participamos en la limpieza de viviendas, ayudando en esta tarea a personas con movilidad reducida.
Nos encontramos con una comunidad muy acogedora que, en medio de sus vulnerabilidades, nos recibió con muchísimo amor. Cada encuentro nos permitió descubrir personas, historias y realidades que nos interpelaron profundamente.
Nos impactó especialmente la noble labor de todos los que forman parte de Edyfica (Educación y formación integral canossiana). Ser testigos de cómo acompañan la educación de tantos niños y jóvenes abriendo sus posibilidades y mostrándoles que existe una realidad diferente y que, a través de la educación, es posible elegir y construir el camino que cada persona quiere seguir en su vida.
Nos sentimos muy movilizados por todo lo que vivimos y de lo que fuimos testigos. Nos quedan grabados los rostros de los niños disfrutando cada momento, descubriendo y mostrando sus talentos y potencialidades, y la alegría de sus sonrisas al ver un trabajo realizado.
También nos marcaron profundamente las personas a quienes, mediante una tarea aparentemente sencilla como limpiar una casa, se les devolvía algo tan importante como la dignidad de poder vivir en un espacio limpio y cuidado. Y nos conmovió ver a tantos voluntarios entregándose por completo a esa comunidad, poniendo su tiempo, sus capacidades y, sobre todo, su corazón al servicio de los demás. Pudimos ver el rostro del mismo Jesús en cada persona y en cada historia compartida.
Todo esto quedará guardado para siempre en nuestros corazones. No como un simple recuerdo, sino como un impulso para seguir llevando esperanza, cercanía y dignidad en cada lugar donde nos toque estar.
Damos GRACIAS por nuestra vocación laical canossiana y por la comunidad que pudimos formar junto a los demás voluntarios. Nos sentimos en familia, y gracias a eso todo fue más fácil. En esta experiencia reafirmamos nuestro deseo de vivir el Carisma Canossiano como medio para ser instrumentos de Dios, imperfectos y frágiles, pero disponibles para ser signos de su amor.
Como matrimonio, regresamos con el corazón profundamente agradecido por haber podido vivir esta experiencia JUNTOS. Volvemos fortalecidos, movilizados y con el deseo de seguir trabajando por la educación y la dignidad de las personas, convencidos de que siempre podemos dar MÁS.
A quienes en algún momento se sientan llamados y movidos a vivir una experiencia como esta, instamos a decir que SI, con miedos o dudas, decir SI. Tenemos la certeza de que Dios nos acompaña en el camino y no se deja ganar en generosidad, y a través del servicio a los demás transforma también nuestra vida.
Unidos siempre en el corazón de la María, Madre del Más Grande Amor y Madre nuestra.














